Descubriendo a Elisa

Elisa agarra el dedo de su abueloCuando Elisa estaba a punto de llegar, mucha gente me preguntaba si ya lo tenía todo preparado. Nunca entendí muy bien qué era todo eso que había que preparar, qué puede un bebé que aún no ha nacido necesitar con tanta urgencia que no pueda esperar a saber su peso o su tamaño, a ver su cara, a llegar a casa… Más allá de una minicuna y un carrito prestados, cuando llegó a casa Elisa solo tenía tres o cuatro bodies y otros tantos pijamas. No digo que un bebé no necesite cosas, no es eso, sí que son muchas las cosas que vas a empezar a utilizar y no tienes en casa. Pero me parecía – y cada vez me afirmo más en esta idea – que rayamos el absurdo en la manera en que afrontamos tanto el nacimiento como la crianza de los bebés, rodeándolos y rondeándonos de objetos que nos parecen indispensables para su correcto desarrollo cuando, en realidad, muchos son harto absurdos o tienen una vida de uso tan corta que pronto pasan de ser objetos de uso a trastos que molestan.

Nos empeñamos en acumular cosas y cosas que – se supone – nos hacen la vida más cómoda, nos dan tranquilidad o son buenas para que el bebé no coja bacterias, no tenga frío, esté más cómodo, tenga la piel más sana, no note tanto la diferencia entre el pecho materno y la tetina de un biberón: hay máquinas para monitorizar la respiración del bebé mientras duerme, colchones que ayudan a “prevenir la muerte súbita”, esterilizadores de biberones, monitores con cámara de video, sacos de buzo para que no se desarropen, el cuco de la silla, la maxicosi, la silla de paseo hasta que el niño pesa X kilos, la cuna con mueble cambiador que después se transforma en cama, esponjas para bebé que se venden a 10 euros y que son las mismas esponjas – con otro envoltorio – que se venden a 0,60 en otra sección del súper … De todo eso me hablaban y yo pensaba: ¿de verdad mi bebé va a necesitar todo eso? Entonces empezaron a llegar a mi casa todas esas cosas, prestadas por quienes apenas las han usado y ya no saben qué hacer con ellas, o regaladas por quienes saben que ya tendrás de todo y eso posiblemente no lo habrás comprado. Me he juntado con cuna, minicuna y dos cunas de viaje. Funda para maxicosi y tres para carro (que no ajustan con mi carro). Seis biberones y un infinito número de tetinas sin estrenar heredadas de madres que las compraron por si acaso. Mil gorritos de diferentes tamaños que Elisa no consiente de ninguna manera en que le ponga. 3 juegos de manoplas que le duran en las manos un segundo. Y ropa, claro, muuucha ropa que no he podido ponerle.

Aunque con estas palabras parezco desagradecida, la verdad es que cada regalo que recibe la niña me ilusiona y enternece. Me parece precioso que alguien se tome la molestia de ir a comprarle algo, gastarse su dinero o guardar algo para la persona que más quiero del mundo. Pero también me produce cierto dolor el efecto de conjunto, la desnaturalización o la superficialidad de todo este mundo que se ha creado alrededor del bebé.

Ayer, a través de Facebook, llegué hasta este gran post “los bebés no son como nos lo contaron” y, aunque no habla de lo mismo sobre lo que reflexiono en este post, me ayudó a que tomara forma. Porque aparte de hacerme pensar sobre lo que realmente es importante para mi bebé, me trajo a la cabeza todo aquello en lo que Elisa es como es, en lo que no valen recetas ni inventos del marketing para madres primerizas. Y me provoca cierto pudor el pensar si, de alguna manera, no tratamos de suplir el bienestar que nuestros brazos y nuestro calor le pueden dar comprándole el mejor carro, la mejor cuna, esterilizando sus biberones… Porque luego, como dice Ileana Medina, queremos que duerman solos, que jueguen solos, que “sean buenos”, cuando ser bueno significa no hacer mucho ruido. Vale, tal vez no sea tanto así, no es que queramos suplirlo, sino que compramos lo mejor porque todo nos parece poco para nuestro hijo. ¿Cómo no gastarse 200 euros más si con este carro va a estar más cómodo? Pero sí ponemos demasiado énfasis en algo que, al menos a mi, me parece cada vez menos importante: lo que las cosas pueden aportar al bebé.

Es Elisa la que, con su personalidad y estados de ánimo, acepta o rechaza una ropa, una forma de dormir, una tetina, un chupete… Y se pone más contenta si le cambio el pañal sobre la cama que sobre el duro cambiador. Y llora con rabia si le pongo un abrigo que le impide mover los brazos. Y se toma los biberones en tres tandas. Así que con ella voy descubriendo qué cosas materiales le gustan o me hacen la vida más cómoda. Supongo que ella se va adaptando y respondiendo a mi forma de hacer las cosas, igual que yo a las suyas. Y en esa manera de hacer, hay muchas cosas que no necesitamos. Lo que Elisa y yo necesitamos, por encima de cualquier bien material, es tiempo. De conocernos, de intentar comprendernos, de darnos amor.

Una amiga me llamó un día a los pocos meses de que Elisa estuviera en casa. Y me hizo una pregunta que me hizo sonreir. No me dijo lo típico “¿Qué tal llevas eso de ser madre?”. Me preguntó: “¿Qué has descubierto de ella?”. “Que le gusta que bailemos”, le respondí. Creo que ninguna máquina podría darle eso.

Más publicidad social, de la dura

No acabo de decidirme. La publicidad, en su papel de movilizadora de conciencias y formadora de la realidad social, tiene que tener unos límites impuestos por la ética. La publicidad de ONG, si cabe, debe ser aún más cuidadosa y autoimponerse un velo de responsabilidad. Comunicar en positivo, huir del tremendismo, dar una imagen responsable y realista de las causas sobre las que se habla…Pero mucho se ha escrito y debatido ya sobre el asunto.

La cuestión es que muchas veces el límite no está tan claro, o al menos no lo está tanto para mi. Me explico con este ejemplo. Me siento revuelta, conmovida por lo explícito, por lo dramático del anuncio. Pero es que el tema lo es y quizás esta fórmula precisamente puede hacer aparecer el abuso de menores como lo que es, como algo repugnante y que tendrá secuelas para toda la vida en las víctimas.

Quizás si pienso que, sin embargo, podría haber otras maneras de decir lo mismo, no esté en realidad valorando la capacidad de eficacia. Pero, en fin, en este mismo blog hemos visto ejemplos geniales de anuncios duros, cuyo mensaje llega, y que no te provocan este rechazo tan explícito.

Pero véanlo y opinen

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Qué hace de alguien un “influencer”

Este post está dedicado a cuatro personas que respeto, admiro y que tienen gran influencia sobre mi vida. Porque me inspiran, me aconsejan o amplían mi mundo: @aliachahin, José Manuel Fresno, Alicia Urrea, Cristiane Azem.

Óscar del Santo dice: “Cuando las personas u organizaciones me piden consejo para sus planes de marketing online, mi primera recomendación es que pongan por escrito estos tres pilares de su estrategia: clientes, keywords e ‘influencers’. Y es que (…) no hay nada más fundamental que el saber a ciencia cierta quienes son las personas más influyentes en el mundo online y que llevan la voz cantante de la conversación que se está produciendo en tiempo real sobre tu área de negocio o interés”.

Me llama poderosamente la atención el concepto y el fenómeno del “influencer”, la persona que tiene capacidad de influir, con su posicionamiento ante una determinada cuestión, en el éxito o fracaso de nuestra estrategia online. Tengo la sensación de que muchas de las personas que conozco desean fervientemente convertirse en uno, pero lo hacen torpemente: básicamente a través de la técnica de publicar en exceso. Pero, ¿puede todo el mundo convertirse en un influencer? Porque ¿qué hace a un influencer?

Buscando la respuesta a esta pregunta, me gustó mucho cómo lo resumía un artículo que leí hace unos días, en la que el autor propone su propia lista de las características que posee esta figura:

1. Son personas que están fuera de mainstream, sus gustos siempre van uno o dos pasos por delante de las tendencias actuales.

2. No buscan las tendencias, ni ser tendencia, por eso, huyen de ellas reinventándose continuamente.

3. Logran conectar con un gran número de personas que los admiran, porque reflejan una gran seguridad en sí mismos y una gran personalidad.

4. Son espontáneos, no buscan llamar la atención pero la llaman.

5. Son unos apasionados de su trabajo. Sus creaciones tienen mucha creatividad. Además, sus trabajos son únicos porque añaden una gran dosis de su persona en todo lo que hacen.”

Creatividad, espontaneidad, seguridad, carisma… cualidades que en unos tendrán más de innato y en otros más de aprendido a lo largo de su trayectoria personal o profesional y que les otorga una especie de sexto sentido que les hace estar fuera de la corriente principal, que sus opiniones, puntos de vista e informaciones aporten algo esencialmente nuevo y diferente. Como dice @lydiamolina, lo que estas personas dicen o hacen de verdad “cuenta”.

Estoy de acuerdo con estas afirmaciones, pero siguen sin responder a mi pregunta: ¿puedo fabricar un influencer? Necesito encontrar una fórmula (del tipo “como convertirse en un influencer”)  que pueda estar al alcance de cualquiera que trabaje duro por lograrlo, no solo al de unos pocos dotados por la naturaleza. Para tratar de encontrar la respuesta, he estado pensando en los grandes influencers de mi vida personal (actual), tratando de averiguar si existen entre ellos cualidades comunes y lo cierto es que las cuatro personas a las que actualmente más escucho y más admiro sí comparten muchas cosas:
  1. Son trabajadores excepcionales, cada uno en lo suyo. Incansables, constantes.
  2. Son sabios. Acumulan gran cantidad de conocimientos y experiencias y siempre están sedientos de aprender más. 
  3. Son grandes comunicadores: no solo saben expresar claramente sus ideas, sino que además tienen el don de saber escuchar. 
  4. Tienen un pensamiento elaborado. No hablan por hablar. Antes de expresar una opinión hacen una reflexión basada en sus experiencias e incluso, si fuera necesario, buscan nuevas referencias para formarse una opinión informada. 
  5. Beben de muy diferentes fuentes, están abiertos a influencias e intereses muy diversos, buscan los puntos de vista contrapuestos y se abren a lo nuevo que se les presenta.
  6. Son humildes (al menos los míos). Esto, para mi, les hace más creíbles. Cuando terminan su baile, su charla o su discurso recuerdan que son simples mortales y hablan contigo como si siempre estuvieran aprendiendo algo de ti.
Así que, seguramente, el perfil del influencer, además del de una persona creativa, es el de una persona muy trabajadora, muy abierta y muy informada. Puede que sea posible fabricar uno, pero va a costar mucho trabajo…
Para terminar os dejo un minidocumental muy interesante que habla de grandes personas influyentesembedded by Embedded Video

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