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El afonismo de las ONG…que distorsiona que se les escuche bien

En estos últimos días ha habido una serie de opiniones encontradas en diferentes medios
de comunicación a propósito de la profesionalidad de la cooperación. Todo ello a raíz de la
liberación de los voluntarios de Acció Solidaria. Una interesante reflexión al respecto de la mano de Paola Bernal.

Debate que ha girado entorno al papel que estamos jugando las ONG en el desarrollo. Algunos lo hacen (debatir) desde el desconocimiento (Alfonso Usía), algunos hacen algún análisis algo más profundo y documentado (Haitíanticooperación, Francesc Mateu, Esther Camuñas).

Las reacciones suscitadas al respecto de la liberación, desde mi punto de vista, han servido para poner sobre la mesa de la opinión pública temas que al interior de las ONG creo que no son nuevos: ¿Qué estamos haciendo? ¿lo hacemos bien? ¿trabajamos con voluntarios o con profesionales – maniquea división porque los voluntarios también pueden ser profesionales, pero bueno- ?

Artículos como los que os señalo arriba, más comentarios de los lectores a los mismos, más comentarios que he leído en twitter a lo largo de los días, me han llevado a preguntarme ¿porque somos las ONG tan incomprendidas por la gente del común y corriente de la calle?...
Creo de forma optimista que cada uno de los ciudadanos del primer mundo, en general, tiene un poco de solidaridad en su interior, que alguna vez ha realizado una donación, que se conmueve con los mendigos en la calle, que son socios de Greenpeace, que apadrina niños, que apadrina proyectos en Kiva,…., por tanto, que lo que hacemos nosotros tanto aquí en España (que sería lo que la gente tendría más cerca y por tanto sería más fácil de visualizar)
como en países en vías de desarrollo (realidades algo más complicadas de ver y sentir para el tipo medio de la población de nuestros países) … en principio es fácil de comunicar ¿no? Realizamos una actividad necesaria, que beneficia a poblaciones vulnerables, de forma altruista en muchos casos, voluntaria en otros tantos, contamos con códigos de conducta, mucho de nuestro tiempo se va en hacer informes de justificación, realizar evaluaciones de impacto de proyectos, atender auditorias… pero ¿realmente estas últimas cuestiones, las que tienen que ver con la transparencia y el accountability que llaman en inglés, las sabe la gente de la calle, la gente con la que nos cruzamos camino de la oficina? Creo que no..

A mí me ha pasado, y probablemente a los que trabajamos en esto en algún momento también, que cuando explico a alguien que no tiene nada que ver con las ONG que tenemos que rendir informes exhaustivos de los fondos que recibimos, que estamos sometidos a auditorias y que además en algunos casos vamos más allá y además de esto, nos sometemos a la Fundación Lealtad y etc., la persona que me escucha literalmente no se lo cree… ¿de verdad
que os controlan el dinero que gestionáis? es una pregunta con la que me he topado.

Si os fijáis en la forma de comunicación que usamos normalmente las ONG, veremos que el lenguaje que se utiliza es altamente técnico (como me dijo una persona en estos días ¡parece que se necesita hacer un máster para entender una web!), tanto que en algunos casos si trabajamos con personas sin hogar y queremos entender la web de alguien que trabaja con infancia… nos cuesta lo nuestro… que los boletines están dirigidos a público que se acerca a
nosotros sensibilizado por la problemática que tratamos, etc.

Por eso, vuelvo a la pregunta que hice antes ¿Por qué nos cuesta tanto conectar con la gente, que sepan realmente que hacemos, por qué y cómo?.

Creo que nos falta autocrítica para poder continuar en el proceso de profesionalización del sector, que estamos avanzando en la transparencia… pero que nos falta camino por recorrer. Y que nos cuesta realmente realizar esta autocrítica… parece que somos bastante apáticos.

La Fundación Luis Vives promovió en Twitter, a propósito del artículo de Esther Camuñas, que se aportasen ideas entorno al rol de las ONG (#rolONG)… las respuestas escasas… muchas de ellas de personas vinculadas a la propia organización, que pretendían motivar el debate con escaso resultado.

Por eso creo que nos falta profesionalizarnos, hacernos más transparentes y comunicar todo esto mejor.

El peor problema de Canadá

Alicia y Álvaro están pedaleando alrededor del Mundo. Pocos días después de dejar Canadá, nos mandan unas reflexiones sobre la situación de este país.

Se acabó… Hemos salido de Canada y ya no volveremos a entrar en ella en este viaje. Nos vamos un poco tristes porque en los casi dos meses que hemos pasado aquí, los canadienses se han portado verdaderamente bien con nosotros. Nos sentimos cómodos y bien recibidos en este pais que es el segundo mas grande del mundo por extensión pero tiene solo 10 millones de habitantes menos que Espana.

Durante este tiempo hemos ido preguntando a la gente que hemos ido conociendo segun su opinion cuál creen que es el peor problema que tiene su país. Parece una pregunta un poco vanal pero ayuda a comprender algunas cosas. Estas son las respuestas que hemos ido recopilando, en general por orden de llegada:

Anne, dueña del albergue de Port Hardy
La falta de raices, lo poco unidas que están las familias.

Rae, enfermera en Prince Rupert
La despoblación, la falta de gente que hay en este país.

Richard, granjero y trampero
Un país unido debería tener solo un gobierno y una ley. En Canada, los franceses tienen su propia ley, los ingleses otra y los nativos la suya propia.

Joe, instalador de calefacciones y jugador de bolsa
No tenemos nuestra propia industria. Exportamos todas nuestras materias primas, nuestras riquezas, hacia el exterior. Cuidamos poco de lo que es nuestro.

Darren, constructor y comercial
La corrupción del sistema. La gente está atada a los bancos para poder pagar su hipoteca, y tener tu casa pagada cuando te retiras es la maxima aspiración de todo canadiense. El individualismo. Aquí solo vales algo si lo puedes hacer todo tu solo. Pedir dinero o ayuda a la familia sería visto con desconfianza. Así nunca avanzamos porque en lugar de sumar fuerzas las dividimos.

Philippe, escultor y mecanico
El mal gobierno; las malas decisiones politicas.

Barb, tecnica en un órgano de gobierno de las primeras naciones
Para nosotros los nativos, el gobierno canadiense, que permite que se aprueben leyes pero no da los fondos necesarios para que se puedan poner en funcionamiento.

Jane, tecnica en un organo de gobierno canadiense
La excesiva dependencia de Estados Unidos, tanto cultural como política. Un gobierno débil que no es capaz de imponer una separación

Bill, su marido. Tecnico informatico
Una falta clara de prioridades. Demasiadas peticiones que vienen de demasiados frentes. Una falta clara de dirección en el gobierno. Hace unos años, teníamos un papel de mediadores internacionales muy reconocido y ahora eso ya no parece importante. Antes, la sanidad y la educación era nuestra primera prioridad y ahora son las exportaciones. Conjungar los intereses de gente de un terriotorio tan diverso y extenso y no ceder a las presiones de los demas… ese es el reto.

Alvaro y Alicia, dos que pasaban por alli
Nosotros no sabemos cuál es el peor problema de Canada, pero somos bien conscientes de su potencial: enormes recursos naturales por explorar; gente generosa y abierta, con acceso a buena educación y sanidad, vocacion de aprender, con ganas de construir y talante internacional. Las personas son el valor mas importante de cualquier país y Canada en eso tiene calidad a raudales.

La foto es de la colección de Álvaro y Alicia en Flickr

Las Primeras Naciones Americanas: orgullo vs integración

Otra vez la Gran Alicia nos hace un regalo. Esta vez nos lo envía desde tierras lejanas, pues se encuentra en una hermosa aventura alrededor del Mundo. Puedes, como siempre, seguira en http://www.rodadas.net/. Hoy, una interesante reflexión sobre la población nativa americana, Las Primeras Naciones.

Canadá, Isla Vancouver una bonita mañana de junio. El ferry nos lleva por una bahía que parece sacada de una novela de aventuras. Pequeños islotes con playas de arena dorada y bosques que llegan hasta la orilla salpican el agua del mar, que está hoy muy calmada. Vamos camino de Alert Bay, una población marinera situada en una isla de un km de ancho por cinco de largo a 20 minutos en barco desde la Isla Vancouver.

En Alert Bay la población es mayoritariamente nativa americana o, como es políticamente correcto decir aquí, gente de las Primeras Naciones. En realidad andar con delicadezas ahora parece un sarcasmo. En los años 20 y 30 del siglo pasado, es decir, antes de ayer por la mañana, se arrestaba a los nativos por practicar sus ritos tradicionales. Después de entregar en fianza sus objetos ceremoniales (máscaras, piezas de cobre y otras cosas) se les condenaba a penas menores de dos o tres meses de cárcel.

No solo tenían prohibido practicar sus tradiciones -cosa que por cierto seguían haciendo, solo que en los días de galerna cuando el agente indio no iba a la isla- sino que también se establecieron limitaciones sobre su modo de subsistencia: la pesca. Hoy todo eso suena a agravios históricos que deberían olvidarse, pero solo una generación ha muerto desde que aquello ocurriera. Hoy todavía los hijos de las víctimas de aquellos atropellos recuerdan las narraciones de sus padres y abuelos, y en conjunto se enfrentan a un difícil dilema.

Por una parte, su lengua ya no se utiliza. Para que los jóvenes la aprendan deben enseñársela en las escuelas, junto con las leyendas y otras tradiciones orales que se han perdido. Primer problema: ¿deben esforzarse por recuperar su memoria histórica o ver esas historias como un pasado dorado e incorporarse a la sociedad que de todas maneras les rodea? ¿Preocuparse de recuperar una lengua que no necesitan para sobrevivir o mejorar su escuela, su sistema sanitario –hoy todavía de segunda–o su gobierno local? ¿El futuro o el pasado? ¿Hay sitio para los dos?

Uno diría que el pasado debe ser siempre la base del futuro, pero ¿qué ocurre –y aquí va el segundo problema– si la forma de pensar de la gente de las primeras naciones no tienen nada que ver con la de la sociedad mayoritariamente blanca canadiense? ¿Se puede construir una subcomunidad alternativa dentro de la dominante? ¿No es eso un ghetto? ¿Tiene esto futuro o solo pasado?

Como uno trata siempre de comparar las situaciones que ve con otras que le son conocidas y una menda ha trabajado con el Secretariado Gitano, se me antojaba que el dilema era un poco parecido al de los gitanos: o dejan de lado su estructura social, idioma, cultura y forma de vivir la vida o se obligan  a vivir en el filo de la marginalidad.

Sin embargo aquí, los nativos cuentan con un agravante: esta tierra era suya y se la quitaron de las manos hace menos de 100 años. Y no solo: el hombre blanco se está enriqueciendo explotando y destrozando sus recursos naturales (por ejemplo a base de talar bosques de cedros de más de 500 años de antigüedad). ¿Cómo olvidar eso? ¿Y cómo aceptar además la alienación cultural a la que de todas maneras es tan difícil resistirse si uno tiene televisión y va a la escuela?

Los Namgis de Alert Bay están trabajando en una tercera vía, en la que hay integración pero también hay supervivencia y orgullo por la cultura local. Nos da pena coger de nuevo el ferry para volver a la Isla Vancouver. Nos hubiera gustado quedarnos más tiempo para descubrir hasta qué punto están teniendo éxito.

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Alicia, tú me regalas el post y yo te robo la foto. Te echamos de menos.