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Solo me ha costado 3 euros

Un nuevo post de mi estrella invitada más querida,  A.C, esta vez con una reflexión muy interesante sobre el consumo.

Leyendo el artículo “En qué condiciones se fabrica tu ropa” quedé horrorizada: 21 personas murieron y 50 personas fueron heridas en el incendio d la fábrica “Garib&Garib” porque “las puertas de salida estaban cerradas y había bultos que bloqueaban la salida además de que los equipos de extinción eran prácticamente inútiles”, según uno de los informes realizados por los bomberos.

Según informa Setem, a través de su campaña Ropa Limpia, esta no es ni la primera ni la última tragedia en fábricas textiles en países como Bangladesh dónde los familiares de las personas que murieron tan sólo pueden agarrarse a los 2.085€ que van a recibir como indemnización.

Esto sucedió el 25 de febrero y desde entonces no he vuelto a leer ni una noticia al respecto. Claro que si esto hubiese sucedido en una fábrica española, otro gallo cantaría, ¿no? En diciembre de 2004 hubo un incendio en una discoteca argentina en la que murieron unas 180 personas por razones parecidas y sobre este caso sí que se han difundido varias noticias en los últimos años.

Pero claro, no se trata de una fábrica de ropa que nos permite a los países europeos comprar artículos por 3 euros.

¿Qué puede costar todavía 3 euros en España?

  • Un café de Starbucks
  • 1 kebab de pollo
  • Un par de cañas
  • Un bocadillo del bar de la esquina
  • 1 camiseta comprada en una franquicia de ropa

La verdad es que me sorprende la comparativa. ¿Cómo puede costar lo mismo una camiseta hecha a 8.600km de Madrid que un bocadillo del bar de la esquina? Esta reflexión me lleva a otra pregunta:

¿Qué es mejor: consumir productos locales (producidos en España con productos españoles) o productos hechos en cualquier parte del mundo y bajo cualquier condiciones?

Consumiendo productos locales tenemos más conocimiento y control sobre:

  • Los derechos laborales de las personas que los producen porque son los mismos que los nuestros.
  • El impacto ecológico que tiene ese producto en nuestro medio ambiente puesto que los controles dependen de las políticas medioambientales europeas y españolas.
  • La promoción del empleo local.

A primera vista, parece lógico consumir productos locales, ¿no?

Ahora bien, inevitablemente vivimos en un mundo globalizado y quizás la respuesta no sea tan sencilla.

Si no consumimos productos hechos en países como Bangladesh:

  • ¿Cuál es el futuro de las miles de familias que dependen de ese trabajo?
  • ¿Cómo garantizamos que los casi 9 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en España tengan acceso a bienes y servicios asequibles?
  • ¿Las políticas españolas y europeas son realmente respetuosas con el medio ambiente?

Al final, supongo que la pregunta, que a simple vista parecía sencilla, responde a un problema estructural del modelo económico occidental supuestamente basado en la democracia, la justicia y la igualdad de las personas. No obstante, para que unos pocos habitantes de este planeta gocemos de esa democracia, de esa justicia y de esa igualdad, tiranizamos el medio ambiente y los derechos económicos y laborales del resto del mundo.

Lamento no tener una respuesta concreta sobre qué se puede hacer desde occidente ante esta situación o qué es realmente el consumo responsable. Lo único que sí sé es que las personas que tenemos la suerte de vivir España o Europa tenemos opciones y la libertad de elegir. La próxima vez que consumas, piensa en las consecuencias o en el impacto de tu consumo, por algo se empieza.

A.C

Pablo Emilio Moncayo y el eurocentrismo

Gabriela Cárdenas, estrella invitada, nos da su visión sobre la guerrilla y el narcotráfico colombianos y cómo se viven en estos hechos en el primer mundo.

En éstos días ha salido tangencialmente en la prensa española el “asunto” de la liberación de rehenes por parte de la FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – grupo guerrillero de origen campesino nacido por los años 60), pero tan tangencialmente que realmente dudo mucho que al público llegue a dimensionar el “asunto” en su justa medida.

Baste mencionar que uno de los liberados es un sargento del ejército de Colombia que lleva 13 años (no, no hay error son exactamente trece años) en poder de este grupo guerrillero, durante este tiempo ha dejado atrás su juventud temprana y ha entrado en la adultez tal y como puede verse en esta galería de fotos, que son las pocas a las que probablemente ha tenido acceso la familia en todos estos años: (http://www.elespectador.com/noticias/paz/galeria-pablo-emilio-moncayo-el-secuestrado-mas-antiguo-delmundo).

Por experiencia propia puedo decir que el secuestro es la prueba más dura de cuantas puede pasar un ser humano en la vida, hubo quien cuando yo atravesaba una situación similar (aunque no equiparable, lo de mi familiar duró tan solo un mes) me decía que debía ser como tener a alguien cercano en la UCI de un hospital, pero puedo aseguraros que no es  así. Cuando alguien muy querido está en esas condiciones al menos tienes el consuelo de que hay profesionales a su alrededor tratando de hacer todo lo posible por su bienestar. Cuando alguien está secuestrado, presupones  todo lo contrario de quienes le rodean, y eso es muy doloroso.

España entera se moviliza cuando secuestran a un grupo de cooperantes en África, todo el mundo está implicado y se ponen todos los medios de que se dispone para solucionar la situación. Pero en Colombia este flagelo es tan antiguo y tiene tamañas proporciones (http://www.semana.com/noticias-nacion/fin-cuantos-secuestrados/122992.aspx) que, por supuesto, no es noticia muy relevante que vayan a soltar a un simple soldado, a pesar de que este lleve más de un tercio de su vida en la selva y contra su voluntad.

Además cuando se analiza el secuestro en Colombia, que ha sido una de las estrategias de guerra de todos los grupos ilegales a lo largo ya de bastantes años, se olvida retroceder en la cadena de causas y efectos. Porque normalmente lo que sucede en Colombia es una cosa demasiado compleja y antigua como para hacerse una idea fácil. Normalmente, el ciudadano medio europeo se limita a recordar que ese es un país donde se produce la mayor parte de la cocaína que se consume en el primer mundo. Pero no se pregunta por qué este país en especial ostenta ese poco digno record (y otros no menos dignos como ser el primer país del mundo en desplazados internos, el segundo en minas antipersonales y etc.) y qué efectos tiene este hecho para su economía, política, sociedad y, lo más importante aún, para sus gentes. En el ideario colectivo lo grave del narcotráfico es que hay muchos europeos y estadounidenses con problemas de drogadicción, es decir, que lo importante es la salud de estos habitantes del primer mundo.

Se olvida que la droga no es solamente un problema de salud para quienes lo consumen, sino de vida para quienes están en medio de su producción y distribución porque, vamos a ver, ¿cuántos muertos, desplazados, secuestrados hay en Colombia que son resultado de un conflicto alimentado con recursos del narcotráfico? ¿Somos realmente los culpables los colombianos? ¿Porque en teoría de la demanda – para todos aquellos que estudiaron economía esto les sonará familiar- se dice que es esta la que crea la oferta, pero en el análisis del narcotráfico la cosa se nos muestra al revés?

Así que me planteo el porqué de esto… y me surge una idea: el eurocentrismo o el ombligocentrismo siendo más exactos, ese tipo de egoísmo social que nos hace ver los problemas solamente desde nuestra óptica y, por tanto,  los efectos solamente como aquellos que recaen en nosotros mismos.

Porque estamos sordos a testimonios como los que podemos escuchar en este reportaje, donde una hija no es capaz de mantenerse serena mientras lee la carta en la que su padre le relata las dificultades y penurias por la que atraviesa en su condición de secuestrado (http://static.elespectador.com/especiales/2009/05/a4528ce56b1f6e912c596332c18297f5/a3.htm ).

Gabriela Cárdenas

Imagen tomada de http://nocomunicado.blogspot.com/2006/01/sin-novedad-en-el-frente-audiovisual.html

Gabriela se indigna ante la falta de solidaridad, pero no se sorprende

Hoy tenemos una nueva reflexión por cortesía de una estrella invitada que se estrena, Gabriela Cárdenas. ¿Somos capaces de ser solidarios cuando afecta a nuestra seguridad? ¿y a nuestra comodidad?

He acabado hace unos días de leerme un libro que me transportó  a través del tiempo y la distancia a la Barcelona del Medioevo. Una época que me imagino oscura, tanto por el escenario (calles empedradas, estrechas, sucias, poco higiénicas…) como por lo que llegaba a las mentes de sus gentes (la iglesia lo dominaba todo, así que cualquiera que los contradijese era un hereje y podía acabar en la hoguera). La historia tiene algo de inverosímil, porque es difícil imaginar que una persona en esa época pueda acabar cumpliendo el famoso “sueño americano” y pasando de ser un desamparado, desarrapado, a ser un rico prohombre de la ciudad. Sin embargo, atrapa por lo que tiene de superación personal, cómo a pesar de las condiciones de partida, de los contratiempos y zancadillas de la vida, consigue al final construirse una vida ajustada a él mismo. En cualquier caso, lo que más me llamó la atención fue la descripción que hacían de la solidaridad de Barcelona para con sus “ciudadanos” (no todos claro, los judíos, moros y etc., estaban fuera de esta categoría, pero bueno… algo es algo). La forma en la que a la llamada de la “host” acudirán todos, armados y dispuestos a defender sus derechos frente a cualquiera que quisiera usurparlos.

¿Somos ahora igual de solidarios? Creo que no, y creo que ese egoísmo está minando en parte lo que nos define como personas sociales, entendidas como aquellas que formamos parte de la sociedad.

En los mismos días en que leía esta historia, alrededor de una mesa, en medio de un ejercicio de Ingles, la profesora nos preguntó si habíamos sufrido o  sido testigos de un robo y se interesó por nuestra reacción. De las seis personas que estábamos alrededor de la mesa, fui la única que dijo que si veía a un ladrón intentando aprovecharse de un pobre incauto hubiese hecho algo por alertarlo. Los demás lo consideraron arriesgado. Que lo es, lo sé… no me considero especialmente valiente, al contrario. Pero tampoco me gusta ser testigo de la injusticia y no ser capaz de decir nada, la solidaridad que demuestras con los demás la considero una responsabilidad. Y me gustaría que si me están robando (por mencionar un evento digamos, no extremadamente grave) alguien se solidarice conmigo y me avise, no que todos desvíen sus miradas hacia otro lado y literalmente hagan de la vista gorda.

Si nos comportamos así en situaciones leves, como los hurtos pequeños de los que todos hemos sido víctimas en el metro ¿Qué se puede esperar de nosotros en situaciones peores? Lo peor.

Porque esto me lleva al recuerdo de un hecho bastante más “feo”, me lleva a la percepción que se ha construido en Colombia alrededor de los desplazados internos del conflicto armado (Colombia tiene alrededor de 4 millones de personas en situación de desplazamiento forzado).

Un cierto día, que había cogido un transporte público en Bogotá, veo que el conductor se desvía de su ruta y empieza  zigzaguear por la ciudad. Preguntado por todos los pasajeros de la razón de esta inusual ruta nos responde que un grupo de desplazados están manifestándose en la plaza X y que está intentando esquivarla. Esta respuesta origina la siguiente reacción en una persona (mujer, 40 años, clase media, probablemente habitante de la ciudad toda su vida) “!!pero esta gente!!! ¡!Que dejen se ser vagos y se pongan a hacer algo!!! ¡!Que trabajen y nos dejen trabajar a todos!!!” os puedo asegurar que este comentario es prácticamente literal, porque me golpeó de frente … lo único que pude fue pensar “seguramente tú desde la comodidad de tu vida en esta ciudad nunca has visto como llegan personas armadas a tu casa, matan a tus seres queridos, se llevan lo poco que tienes de valor y si has tenido la suerte de escapar con vida, de pronto de encuentras con que no tienes a donde volver, que no tienes nada y que no tienes a nadie para ayudarte. Seguramente no has experimentado ni la décima parte de su dolor, desesperación y desarraigo”.

Me indignó tanta ignorancia, insolidaridad y falta de empatía.

Pero no me sorprendió porque al igual que mis compañeros de clase de inglés, reaccionó como reaccionamos muchos, egoístamente, poniéndonos a NOSOTROS en primerísimo lugar.

Creemos que hemos avanzado con respecto a la edad media, pero hemos perdido lo que tenían los barceloneses de esa época, la capacidad de reacción colectiva para luchar por los derechos de uno de nosotros.

Gabriela Cárdenas