Mi sobrino es mulato, negros su tres hermanos y su madre. Muchas veces, sin darle demasiada importancia, nos ha pasado por la cabeza la idea de que quizás algo estábamos haciendo mal, ya que nos parecía que el niño manifestaba ciertas actitudes racistas. Él NO ES NEGRO, te lo dice a menudo. Con enfado y algo de rabia: YO-NO-SOY-NEGRO. Intentamos ignorar estas manifestaciones en la medida de lo posible. A veces solo le decimos que se parece mucho a su hermano mayor y que esto es algo muy bueno porque su hermano es un niño guapísimo… Otras veces, nos callamos y lo ignoramos directamente, no sabiendo muy bien de dónde puede haber sacado esta forma de afirmación y qué hacer con ella, ya que nos parece que insistir demasiado puede ser contraproducente. Preferimos tratar las diferencias de color de piel como lo que son: algo natural y sin importancia.
Pero recientemente hemos descubierto que en la pequeña cabecita de Roberto todo es mucho más sencillo de lo que nos estaba pareciendo apreciar. El niño va a tener un primo, y cuando se enteró nos sorprendió con la pregunta:
- “¿Mi primo va a ser negro?”
Nos miramos.
- “A lo mejor”, contestó mi madre.
- “Yo no quiero que sea negro”.
- ¿Y qué más da? A ver, ¿de qué color te gustaría que fuera?
Roberto lo pensó unos segundos y después, sonriendo no sabemos si con algo de guasa o con felicidad ante la idea de que realmente pudiera elegir, contestó:
- NARANJA
Fue un gran momento. El naranja, obviamente, es su color favorito. Puede que Roberto realmente pensara que puede haber niños naranjas. Puede que simplemente nos estuviera gastando una broma. Sea como fuere, me enseñó algo: que, para gustos, los colores. Que para él no se trata de que no le gusten los negros, sino que no le gusta el color negro. Quizás tampoco le guste el blanco. A él le gusta el naranja y, si realmente pudiera, quizás nos pintaría de naranja a toda la familia porque, sin duda, es un color mucho más divertido y alegre, sobre todo para un niño. A sus ojos, el color de la piel es realmente algo tan trivial como el color de la ropa o de las zapatillas o la elección de la ficha del parchís.
Me acordé de ese gran slogan de la publicidad histórica de Danone: “Aprende de tus hijos”. Por eso no he usado perífrasis ni formas más “correctas” de referirme a los miembros de mi familia, negros o blancos, solo los colores que “llevan encima”.
