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Galata, aprendizaje para la vida

Estos dos últimos meses he estado bastante ocupada por mi participación en el proyecto didáctico de danza Gálata de Cristiane Azem, que ha culminado este fin de semana con un “no hay entradas” en el Teatro de Madrid.

En este tiempo, mi cuerpo ha aprendido algunas cosas (plexo arriba, abdomen activado…), lo he pasado bien, he conocido a gente muy interesante. Pero en Gálata he visto además, algo que no esperaba: un espacio ideal de trabajo en equipo.

Imagina una empresa con más de cincuenta mujeres trabajadoras. Como en todas las empresas, en ésta hay personas de diferentes edades, con capacidades, preparación y talentos dispares, “trabajadoras” que también se diferencian por su antigüedad en la empresa. Sus personalidades son, cómo no, distintas también. Hay mujeres alegres y mujeres solitarias, las hay cariñosas, distantes y divertidas. Las hay que se mueren por destacar y las hay que destacan aunque no quieran. Las hay que han nacido para hacer este trabajo y otras a las que les cuesta mucho llegar al mínimo nivel. Pero en esta empresa, todas se esfuerzan con ahínco.

Es una empresa en la que hay múltiples tareas que requieren trabajo en equipo, de forma que las trabajadoras a veces están implicadas en una tarea con unas compañeras determinada y a los cuatro minutos tienen que integrarse en otro equipo totalmente distinto y ser igualmente eficientes, más allá de amistades personales y preferencias.

Pero, y esto es lo que no estoy tan acostumbrada a ver, en esta empresa: las mejores trabajadoras se preocupan de corregir a las que menos saben; cuando llega el momento de las felicitaciones, la que más destaca cede su puesto a la que menos para que ésta tenga también su ratito de gloria; una mujer cambia su sitio con otra voluntariamente para que la segunda esté mejor ubicada; la que acaba pronto su trabajo sale corriendo para ayudar a su compañera, que va apurada; aquí, las “responsables de área” escriben emails nocturnos a sus equipos para decirles lo orgullosas que se sienten de ellas, la jefa sale huyendo cuando sus trabajadoras le muestran su agradecimiento…

¿No te parece un lugar ideal para trabajar? Aún estoy en el proceso de análisis para llegar a entender cómo se consigue que la energía fluya de esta forma. Cuando lo consiga, intentaré aplicarlo a mi propia empresa, a mi propia vida. Porque eso ha sido Gálata para mí: un aprendizaje para la vida.

Hasta entonces, me quedaré con la frase de uno de los técnicos que ayudaron en el espectáculo. Al ver desfilar a cincuenta mujeres semidesnudas por delante de sí en su camino a los camerinos, le comentó a un compañero “Que Dios bendiga al espectáculo”. Una anécdota graciosa pero que me viene muy bien para cerrar esta crónica. Pues eso, “que Dios bendiga Gálata”.

*A Mónica Rivas, que me enganchó a este proyecto con su calidad humana.

A contracorriente

No soy activista declarada de nada, no soy radical en nada, más bien soy bastante moderada en casi todo. Incapaz de sostener opiniones de esas que “sientan cátedra” porque siempre me atraen algunos claroscuros de la opinión contraria a la que prefiero… Admiro a esa gente que tiene las ideas tan claras que sabe que la inmigración es mala (o es buena) para este país, que el Gobierno del PSOE nos está llevando a la ruina o, no sé, que tal o cuál persona es un completo hijo de puta…

En fin, que me cuesta mucho definirme en mis opiniones. Y, sin embargo, muy a menudo tengo la sensación de nadar contracorriente. Por ejemplo, cuando alguien, en una cena o en una comida,  me dice que los inmigrantes se quedan con los trabajos de los españoles o con sus plazas de guardería u otras ayudas sociales. Entonces todos los que están con nosotros empiezan a decir que es injusto, que si así va el país, que si no sé qué política de inmigración… Y yo estoy muy lejos. Se me hincha el cerebro con el sufrimiento que creo percibir en las personas, las familias, que han tenido que dejar su país, que vienen sin nada porque no tienen nada, con las actitudes xenófobas y la ciudadanía- si acaso se puede llamar así- de segunda de la que van a “disfrutar”… Y el paro, el reenvío de divisas, el choque cultural y todo el resto de problemas que puedan estar relacionados con la discriminación, se me hacen tan pequeños…

O cuando mi cuñado da una patada a un gato callejero porque su niña se ha agachado a tocarlo. Se me ponen tensos los músculos y siento ganas de patearle a él para que no contamine a su niña- al fin y al cabo es mi sobrina y la adoro- con su violencia… Pienso en lo fácil que es apartar a la niña del gato, con una palabrita basta, no hace falta hacer daño a nadie, bueno, o a nada… Y me dan pena la Garza imperial de los humedales de las Tablas de Daimiel, y los tigres de la India, y los perros callejeros.

O cuando otro alguien me suelta algo como que las ONG son una panda de ladrones que no hacen más que chupar del grifo de las subvenciones estatales. Se me empiezan a torcer los ojos pensando en los miles de personas voluntarias que dejan su tiempo ayudando a los demás, en situaciones a menudo muy desagradables, descorazonadoras, sin esperar nada a cambio. En las filigranas que hacen la mayoría de ONG que conozco para poder ayudar a una persona con discapacidad más, a un inmigrante más, a un niño más…

Y normalmente estas personas, algunas de ellas, tienen sus opiniones tan firmes y tan fijadas que te dan datos para apoyarse y demostrar que tienen razón con aplastantes argumentos.  Solían darme envidia, estas personas, pero recientemente he llegado a la conclusión de que es más fácil sostener posiciones radicales (bueno/malo) que intermedias. Basta con reunir una serie de datos  de algún estudio o repetir frases contundentes de un periodista o político y te lo acabas creyendo. Y hasta parece que tienes razón.

Pero no digo nada, normalmente no. Porque en estos casos no es que me cueste definirme, es que siento que estoy a años luz del pensamiento de estas personas y de su forma de ver las cosas. A lo mejor con lo del gato se me escapa un gritito, pero no trato de convencer a nadie. Me da mucha pereza… ¿qué voy a conseguir? A veces incluso me empiezo a deprimir y pienso que soy rara.

A lo mejor es que no me rodeo de la gente adecuada (adecuada para mí, digo) pero es que me gusta la gente, toda, cada una por una cosa, aunque con algunas tenga menos en común que con el gatito callejero de mi sobrina.

¡Viva la República! ¡Viva el Rey!

Hace una semana, el coordinador general de Izquierda Unida, Cayo Lara, fue recibido por el Rey en el Palacio de la Zarzuela. Una cita política enmarcada en la normalidad del funcionamiento de una democracia, con un heho añadido que puede pasar por anecdótico pero no lo es: el señor Lara, además de llevar para el posado de las fotos una llamativa carpeta roja con anagrama de su partido, lucía en la solapa un pin de la bandera de la Segunda República Española.

A mí la noticia me había hecho pensar en lo anecdótico del caso- qué osado, qué morro el de este señor- pero también en que da gusto que uno se pueda expresar en democracia lo que quiera cuando quiera, aunque ese cuando sea en una visita al Rey y ese qué sea una apología a la desaparación de la monarquía, siempre que sea con respeto, claro. También me hizo pensar en que la Casa Real debió de considerar que favorecería a su imagen mostrarse abiertos, dialogantes, ante esta postura… Pero mi cabecita no fue más allá.

Foto tomada de El País digital

Foto tomada de El País digital

Sin embargo, la noticia ha hecho llover un aluvión de comentarios por parte de los lectores de la prensa digital y contertulios de los cafés. Es lo que más me llama la atención, los comentarios de los lectores. Me gusta darles un repaso y ver qué piensa la gente ante lo que leen. Es muy curioso. En fin, el caso es que ante esta noticia concreta- como no podía ser de otra forma aunque yo no haya dado al principio tanto de sí- ha suscitado miles de comentarios sobre la bandera, los colores, los sistemas políticos, los golpes de Estado, la educación – mala- del Sr. Lara… Leyendo estos comentarios, he aprendido varias cosas:

1. Lo fácil que es , y cuanto le gusta a la gente, insultar a otros a través del anonimato de Internet.

2. Que además hay mucho temerario por el mundo que opina sin informarse primero  (y esto que una vez sentado al ordenador también es relativamente fácil buscar una fuente de información…)

3. Que muchos le dan gran importancia a los valores que creen ver representados en la bandera.

4. Que verdades históricas hay muchas- aunque esto ya lo sabía- y cada uno se cree la que más le interesa.

5. Que en España hay un lío tremendo sobre el origen de nuestra bandera…

Cómo me gusta aprender cosas nuevas!!!