La soledad

La imagen ha sido tomada de Wikimedia

El hombre está apoyado en la entrada de un portal. El costado izquierdo recostado sobre la pared. El resto de su peso, compensado con una muleta en la mano derecha.

La mirada baja, la cabeza se mueve lentamente, como la de una tortuga, para seguir el movimiento ocasional de los transeúntes. Pasa por delante una señora con una falda de vuelo. El hombre observa su paseo, distraído, mientras le sobreviene, sin sobresaltos, despacio como le sucede todo desde hace unos años, el pensamiento de que algo se le está pasando por alto. “¿qué será?” se pregunta. “Apagué el gas, cerré la puerta…”.

Esta mañana se ha despertado temprano, apenas la luz se ha empezado a filtrar por la ventana. Aunque no duerme mucho por las noches, ya no tenía sueño. Aún así, se ha quedado más de una hora aún en la cama. No se quería levantar todavía; si madruga, el día se le hace demasiado largo. No sabe qué hacer con tantas horas. Ha bajado a la calle con la esperanza de que alguno de sus amigos del barrio baje hoy un rato y sentarse con él, a conversar, en el parque. Pero el día es muy frío. Nadie va a bajar hoy y a él ha empezado a molestarle la pierna, como cada vez que hay mucha humedad. La chica de la peluquería pasa apresurada, cerrándose la bata de trabajo con una mano mientras con la otra sostiene con cuidado un vaso de café que le acaban de poner en el bar del mercado. “Un día de estos debería ir a la peluquería”, piensa el hombre mientras la ve pasar. “Ya tengo muy largo el pelo por la nuca…” Y, “¿qué será lo que se me ha olvidado? ¿Tendría que haber ido al banco o algún sitio?”.

El hombre decide dar una vuelta a la manzana, para hacer tiempo y ejercitarse un poco, antes de volver a su casa. Mientras camina, despacio, encorvado, piensa que aún son solo las doce. Si no se cansara tanto, iría hasta la estación, que está a unos 20  minutos, a su velocidad. “20 de ida, 20 de vuelta, y ya sería casi la una”. Pero no se siente tan valiente. Sabe que cuarenta minutos andando es más de lo que va a aguantar, así que da una vuelta a la manzana, despacito, con su movimiento de tortuga, mientras sigue intentando recordar, sin éxito, qué es eso que tiene que recordar.

Cuando llega a casa no sabe qué hacer. Se pone un vaso de agua, se sienta en el sofá y enciende la tele. Si al menos fuera martes o jueves, Daniela vendría a ayudarle un poco, a prepararle comida, a limpiarle la casa. Daniela no habla mucho, incluso no está muy seguro de caerle bien pero, a su manera, le hace compañía durante unas horas. Y si fuera sábado, tal vez vendría su hija, puede que acompañada de sus nietos. “Ah!, Ojalá fuera sábado”. Pero es solo lunes, y no sabe qué hacer para pasar el tiempo. Por la tarde podría ir al Centro, a echar una partidita. Ese pensamiento le anima un poco. Nunca le ha gustado mucho jugar a las cartas, pero da igual, en el centro hay mucha otra gente que tampoco tiene mucho qué hacer…

El hombre se ha quedado traspuesto unos minutos. Se despierta sin sobresaltos, como cuando se enciende un fluorescente, no de golpe, como prenden otras luces. Sonríe ante su ocurrencia y enseguida vuelve a pensar. “Qué narices habré olvidado? Espero que no fuera importante. ¿Será mi cumpleaños? El reloj del encima de la televisión marca la una.

Deje un comentario


NOTA - Puede usar estosHTML tags and attributes:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>