Muchas veces me preguntan por qué confío y defiendo tanto la labor de las ONG y su papel en la sociedad. Yo lo tengo claro: porque muchas veces son la forma más fácil que encuentro de luchar por algo por lo que me parece que merece la pena luchar. Son mi forma de no sentirme del todo impotente si veo que la gente pasa hambre a mi alrededor. Si considero que lo que Israel – y la comunidad internacional, por permitirlo- está haciendo en Palestina es tremendamente injusto.
Cada uno tenemos nuestra escala de valores, a unos nos tocará más el corazón el luchar contra la discriminación a otros combatir el cambio climático… Y sirve de mucho el empezar por uno mismo. Aplicarse el cuento y dar ejemplo. Pero seguro que no es suficiente… Por eso creo que hay que ayudar a las ONG, como puedas, como esté en tu mano: difundiendo sus mensajes, apoyando sus causas económicamente, haciendo voluntariado, lo que puedas dar. Porque por ahí hay gente a la que encarcelan mientras llevan ayuda humanitaria y cuando son liberados declaran que no dejarán nunca de luchar para ayudar a esas personas. Y lo menos que puedo hacer yo, que nunca me embarcaré en una flotilla, es ayudarles si creo que lo que hacen es justo.
Pero hoy no quiero hablar de Gaza, ni de la flotilla, sino de otro tema que también me llega al corazón: la protección de la infancia. Desde hace tres años estoy enamorada. Su nombre es Roberto y él es mi sobrino. Y digo que le amo porque quiero verle a todas horas. Cuando me sonríe se me abre el cielo. Oyéndole reír olvido todos los problemas. Es una forma de amor que yo, que no soy madre, nunca había conocido. La ternura, la inocencia, el cariño inmenso, desproporcionado, que produce un niño desde el primer momento que le ves me parecen unos de los sentimientos más hermosos, universales y puros de los que es capaz el ser humano. Por eso no puedo – ni quiero intentarlo-, entender cómo algunas personas pueden sentir hacia esos niños… otras cosas.
Solo deseo proteger a mi niño de esas personas horribles. Ahora es más o menos fácil, pero me imagino a Roberto dentro de no muchos años delante de un ordenador, en su casa, creyéndose seguro. Un niño todavía inocente, al que muchos hombres horribles pueden acceder sin que yo lo sepa, sin que yo pueda hacer nada.
Sin duda, creo que esta es una de esas cosas contra las que merece la pena luchar. Y una vez más, la manera más fácil de hacerlo es apoyando a una ONG. Desconozco si hay otras que lo hacen. La que yo conozco se llama Fundación Alia2 y acaba de lanzar una campaña para sensibilizar contra la pornografía infantil en Internet y el ciberacoso y recabar apoyos. Como siempre, juzga tú mismo si el tema merece la pena y si la Fundación merece tu confianza. Eschucha aquí la cuña de radio: RAD 30











