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Gabriela se indigna ante la falta de solidaridad, pero no se sorprende

Hoy tenemos una nueva reflexión por cortesía de una estrella invitada que se estrena, Gabriela Cárdenas. ¿Somos capaces de ser solidarios cuando afecta a nuestra seguridad? ¿y a nuestra comodidad?

He acabado hace unos días de leerme un libro que me transportó  a través del tiempo y la distancia a la Barcelona del Medioevo. Una época que me imagino oscura, tanto por el escenario (calles empedradas, estrechas, sucias, poco higiénicas…) como por lo que llegaba a las mentes de sus gentes (la iglesia lo dominaba todo, así que cualquiera que los contradijese era un hereje y podía acabar en la hoguera). La historia tiene algo de inverosímil, porque es difícil imaginar que una persona en esa época pueda acabar cumpliendo el famoso “sueño americano” y pasando de ser un desamparado, desarrapado, a ser un rico prohombre de la ciudad. Sin embargo, atrapa por lo que tiene de superación personal, cómo a pesar de las condiciones de partida, de los contratiempos y zancadillas de la vida, consigue al final construirse una vida ajustada a él mismo. En cualquier caso, lo que más me llamó la atención fue la descripción que hacían de la solidaridad de Barcelona para con sus “ciudadanos” (no todos claro, los judíos, moros y etc., estaban fuera de esta categoría, pero bueno… algo es algo). La forma en la que a la llamada de la “host” acudirán todos, armados y dispuestos a defender sus derechos frente a cualquiera que quisiera usurparlos.

¿Somos ahora igual de solidarios? Creo que no, y creo que ese egoísmo está minando en parte lo que nos define como personas sociales, entendidas como aquellas que formamos parte de la sociedad.

En los mismos días en que leía esta historia, alrededor de una mesa, en medio de un ejercicio de Ingles, la profesora nos preguntó si habíamos sufrido o  sido testigos de un robo y se interesó por nuestra reacción. De las seis personas que estábamos alrededor de la mesa, fui la única que dijo que si veía a un ladrón intentando aprovecharse de un pobre incauto hubiese hecho algo por alertarlo. Los demás lo consideraron arriesgado. Que lo es, lo sé… no me considero especialmente valiente, al contrario. Pero tampoco me gusta ser testigo de la injusticia y no ser capaz de decir nada, la solidaridad que demuestras con los demás la considero una responsabilidad. Y me gustaría que si me están robando (por mencionar un evento digamos, no extremadamente grave) alguien se solidarice conmigo y me avise, no que todos desvíen sus miradas hacia otro lado y literalmente hagan de la vista gorda.

Si nos comportamos así en situaciones leves, como los hurtos pequeños de los que todos hemos sido víctimas en el metro ¿Qué se puede esperar de nosotros en situaciones peores? Lo peor.

Porque esto me lleva al recuerdo de un hecho bastante más “feo”, me lleva a la percepción que se ha construido en Colombia alrededor de los desplazados internos del conflicto armado (Colombia tiene alrededor de 4 millones de personas en situación de desplazamiento forzado).

Un cierto día, que había cogido un transporte público en Bogotá, veo que el conductor se desvía de su ruta y empieza  zigzaguear por la ciudad. Preguntado por todos los pasajeros de la razón de esta inusual ruta nos responde que un grupo de desplazados están manifestándose en la plaza X y que está intentando esquivarla. Esta respuesta origina la siguiente reacción en una persona (mujer, 40 años, clase media, probablemente habitante de la ciudad toda su vida) “!!pero esta gente!!! ¡!Que dejen se ser vagos y se pongan a hacer algo!!! ¡!Que trabajen y nos dejen trabajar a todos!!!” os puedo asegurar que este comentario es prácticamente literal, porque me golpeó de frente … lo único que pude fue pensar “seguramente tú desde la comodidad de tu vida en esta ciudad nunca has visto como llegan personas armadas a tu casa, matan a tus seres queridos, se llevan lo poco que tienes de valor y si has tenido la suerte de escapar con vida, de pronto de encuentras con que no tienes a donde volver, que no tienes nada y que no tienes a nadie para ayudarte. Seguramente no has experimentado ni la décima parte de su dolor, desesperación y desarraigo”.

Me indignó tanta ignorancia, insolidaridad y falta de empatía.

Pero no me sorprendió porque al igual que mis compañeros de clase de inglés, reaccionó como reaccionamos muchos, egoístamente, poniéndonos a NOSOTROS en primerísimo lugar.

Creemos que hemos avanzado con respecto a la edad media, pero hemos perdido lo que tenían los barceloneses de esa época, la capacidad de reacción colectiva para luchar por los derechos de uno de nosotros.

Gabriela Cárdenas