Hay un poste de cuatro metros. Termina en una plataforma redonda de 50 centímetros de diámetro, donde apenas caben los pies. Tengo que escalar por él y ponerme en pie sobre esta plataforma, rodeada solo por un vacío de cuatro metros hasta el suelo. El poste tiene apoyos para ayudarme en la subida, pero no me siento capaz.
Y, sin embargo, lo soy…
A mi lado está Eva, una mujer de cuarenta y pocos años. Para mí, Eva es, sobre todo, una mami. Una mujer dulce, firme y diligente, que trabaja de forma eficiente y no se entretiene porque tiene que ir deprisa a algún sitio a cuidar de sus cuatro hijos. Ella también tiene que escalar por el poste. Yo no la veo capaz y, sin embargo, lo es.
Con nosotras está Raquel, que es una persona con una pequeña discapacidad intelectual. También tiene que escalar por el tronco y yo no la veo capaz. Pero Raquel cada día se sorprende a sí misma haciendo cosas de las que otros no la ven capaz. A menudo llora por ello, cuando hace algo que le habían dicho que no podría hacer. Ha aprendido a no confiar en las capacidades que ella misma o los demás creen que tiene. Al menos no sin intentarlo.
Las tres lo hicimos. Escalamos el maldito tronco. Nos pusimos de pie sobre su cima. Miramos el vacío a nuestro alrededor, sentimos la adrenalina del vértigo y del éxito… Y saltamos. Estábamos atadas por arneses. Era un campo de juego, de esos de multiaventura, en los que tienes que escalar paredes y deslizarte por tirolinas, convenientemente sujeta por cuerdas y mosquetones, y convenientemente vigilada por los responsables del parque.
El caso es que me he acordado de esta aventura que superamos, jugando. Cuando estaba abajo, al pie del poste, y miré hacia arriba, pensé que esa hazaña estaba más allá de mis posibilidades. No era miedo a caer, ni vergüenza por no conseguirlo. Simplemente, lo veía imposible para mí. Lo intenté porque no había peligro alguno y, para mi sorpresa, lo superé fácilmente. Ahora sé que si tuviera que escalar un árbol para rescatar un gatito o para escapar de algún peligro, SOY CAPAZ DE HACERLO. Por supuesto, podría caer, resbalar, desfallecer, pero la capacidad la tengo ¿Cuántas más cosas puedo hacer y no me veo capaz?
Llevo un par de días haciéndome esta pregunta. Me vienen a la cabeza las típicas frases de película americana, en plan “no dejes que nadie te diga lo que puedes o no hacer” y creo haber aprendido con aquel juego lo que Raquel, una persona con discapacidad, ya sabe hace tiempo: que al menos tiene que intentarlo, aunque ni los demás ni ella misma confíen en que pueda lograrlo.