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Lo que no es justo es que no hagamos nada

Palacio de justicia de Perú

Hablábamos de tener hijos y mi amiga estaba convencida de que ella iba a tener mala suerte en eso. Cree que ha tenido ya demasiada buena fortuna en la vida: naciendo en España, con una famillia maravillosa… nunca le ha faltado el trabajo, ni la salud ni el amor y, por lo tanto, cree que una especie de Justicia Natural debería equilibrar la balanza y hacer que algo le salga más.

Me pareció un extraño sentido de la justicia el suyo, pero, pensándolo bien me di cuenta de que este sentido abstracto de lo que es justo o no es, en realidad, bastante común. Creemos en una Justicia natural y universal que es sencilla y generosa: la gente buena merece cosas buenas, el esfuerzo merece recompensa, el que ya ha sufrido no merece que le vuelva a tocar sufrir. Pero también es egoísta: yo que llevo años preparando una oposición, no solo merezco aprobar, sino que lo merezco más que tú, que apenas te esfuerzas. Si ya te han pasado demasiadas cosas buenas, tampoco es justo, que a los demás también nos toca…

Además, también tiene escalas: es más justo lo que se gana con esfuerzo que lo que la naturaleza te regala, es más justo conseguir lo que se lleva largo tiempo esperando…

Sin embargo, no funciona así la cosa, lo sabemos. Lo que le toca vivir a uno (donde nace, su físico, su inteligencia, sus oportunidades en la vida) dependen de la suerte, del azar, de Dios, y de lo que uno mismo hace… No hay un cupo de cosas buenas equilibrado con un cupo de cosas malas. No existe esa justicia natural que creemos merecer, en la que nos consolamos o con la que nos desahogamos (cuando decimos, “no es justo”).  Por eso hay personas a las que les pasan cosas tan terribles como morir de hambre.

Sin entender nada de leyes, supongo que muchas veces la Justicia humana trata de compensar esa Injusticia natural: protegiendo los Derechos fundamentales de las personas, y también sus Derechos ciudadanos.

Así, es lógico que cuando una persona ha sido víctima de una gran injusticia del destino – nacer en un país pobre, o en guerra, por ejemplo- la Justicia humana trate de ser ella misma quien equilibre la balanza: acogiéndole en un país, dándole unos derechos y tratando de asegurr su dignidad como persona.

Cierto amigo mío dice “no es justo, mi hijo tiene más derecho a ir a la guardería que el niño inmigrante al que reservan la plaza”. Me gustaría que pensara en esto de las grandes injusticias naturales. Yo le diría, “no, querido, lo que no es justo es que por su nacimiento haya personas condenadas a una vida de pobreza, sufrimiento o marginación. Lo que no es justo es que los seres humanos no hagamos nada para equilibrar la balanza“.

Gabriela se indigna ante la falta de solidaridad, pero no se sorprende

Hoy tenemos una nueva reflexión por cortesía de una estrella invitada que se estrena, Gabriela Cárdenas. ¿Somos capaces de ser solidarios cuando afecta a nuestra seguridad? ¿y a nuestra comodidad?

He acabado hace unos días de leerme un libro que me transportó  a través del tiempo y la distancia a la Barcelona del Medioevo. Una época que me imagino oscura, tanto por el escenario (calles empedradas, estrechas, sucias, poco higiénicas…) como por lo que llegaba a las mentes de sus gentes (la iglesia lo dominaba todo, así que cualquiera que los contradijese era un hereje y podía acabar en la hoguera). La historia tiene algo de inverosímil, porque es difícil imaginar que una persona en esa época pueda acabar cumpliendo el famoso “sueño americano” y pasando de ser un desamparado, desarrapado, a ser un rico prohombre de la ciudad. Sin embargo, atrapa por lo que tiene de superación personal, cómo a pesar de las condiciones de partida, de los contratiempos y zancadillas de la vida, consigue al final construirse una vida ajustada a él mismo. En cualquier caso, lo que más me llamó la atención fue la descripción que hacían de la solidaridad de Barcelona para con sus “ciudadanos” (no todos claro, los judíos, moros y etc., estaban fuera de esta categoría, pero bueno… algo es algo). La forma en la que a la llamada de la “host” acudirán todos, armados y dispuestos a defender sus derechos frente a cualquiera que quisiera usurparlos.

¿Somos ahora igual de solidarios? Creo que no, y creo que ese egoísmo está minando en parte lo que nos define como personas sociales, entendidas como aquellas que formamos parte de la sociedad.

En los mismos días en que leía esta historia, alrededor de una mesa, en medio de un ejercicio de Ingles, la profesora nos preguntó si habíamos sufrido o  sido testigos de un robo y se interesó por nuestra reacción. De las seis personas que estábamos alrededor de la mesa, fui la única que dijo que si veía a un ladrón intentando aprovecharse de un pobre incauto hubiese hecho algo por alertarlo. Los demás lo consideraron arriesgado. Que lo es, lo sé… no me considero especialmente valiente, al contrario. Pero tampoco me gusta ser testigo de la injusticia y no ser capaz de decir nada, la solidaridad que demuestras con los demás la considero una responsabilidad. Y me gustaría que si me están robando (por mencionar un evento digamos, no extremadamente grave) alguien se solidarice conmigo y me avise, no que todos desvíen sus miradas hacia otro lado y literalmente hagan de la vista gorda.

Si nos comportamos así en situaciones leves, como los hurtos pequeños de los que todos hemos sido víctimas en el metro ¿Qué se puede esperar de nosotros en situaciones peores? Lo peor.

Porque esto me lleva al recuerdo de un hecho bastante más “feo”, me lleva a la percepción que se ha construido en Colombia alrededor de los desplazados internos del conflicto armado (Colombia tiene alrededor de 4 millones de personas en situación de desplazamiento forzado).

Un cierto día, que había cogido un transporte público en Bogotá, veo que el conductor se desvía de su ruta y empieza  zigzaguear por la ciudad. Preguntado por todos los pasajeros de la razón de esta inusual ruta nos responde que un grupo de desplazados están manifestándose en la plaza X y que está intentando esquivarla. Esta respuesta origina la siguiente reacción en una persona (mujer, 40 años, clase media, probablemente habitante de la ciudad toda su vida) “!!pero esta gente!!! ¡!Que dejen se ser vagos y se pongan a hacer algo!!! ¡!Que trabajen y nos dejen trabajar a todos!!!” os puedo asegurar que este comentario es prácticamente literal, porque me golpeó de frente … lo único que pude fue pensar “seguramente tú desde la comodidad de tu vida en esta ciudad nunca has visto como llegan personas armadas a tu casa, matan a tus seres queridos, se llevan lo poco que tienes de valor y si has tenido la suerte de escapar con vida, de pronto de encuentras con que no tienes a donde volver, que no tienes nada y que no tienes a nadie para ayudarte. Seguramente no has experimentado ni la décima parte de su dolor, desesperación y desarraigo”.

Me indignó tanta ignorancia, insolidaridad y falta de empatía.

Pero no me sorprendió porque al igual que mis compañeros de clase de inglés, reaccionó como reaccionamos muchos, egoístamente, poniéndonos a NOSOTROS en primerísimo lugar.

Creemos que hemos avanzado con respecto a la edad media, pero hemos perdido lo que tenían los barceloneses de esa época, la capacidad de reacción colectiva para luchar por los derechos de uno de nosotros.

Gabriela Cárdenas